relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Luces de la ciudad


Hoy y he visto una vez más la última escena de "luces de la ciudad". La ponían en TCM, me he topado con ella al zapear y no he podido resistirme. Decir que me encanta es decir poco. Me emociona. Veo al Charlot-mendigo, que viene de la cárcel y que acaba de ser humillado por los chicos de la calle, justo en el momento en que se encuentra con su amada, la bella y rubia cieguecita que ahora está tras el limpio cristal del escaparate de una floristería en el centro de la ciudad. En ese momento el joven mendigo siente que su corazón está punto de estallar. Ella está preciosa y no puede reconocerle aún, porque esa era la primera vez que podía verlo. Sin embargo algo le llama la atención en el rostro del muchacho que le impulsa a salir afuera para darle una limosna y una flor que sustituya a la que él ha destrozado entre sus manos, presa del nerviosismo, al descubrirla en la tienda. Ella intenta convencerle de que coja sus presentes, mientras él hace por irse, pero ella le detiene y al tocar su mano, de pronto, su rostro se ilumina. Acaba de darse cuenta de que es él. El hombre que pagó para operarla de la vista y que luego desapareció sin dejar pistas de su oculto paradero. Entonces ella, que recorre su cuerpo para estar totalmente segura, pone la mano de Charlot sobre su pecho y le entrega su dulzura y la llave de su amor.
¿Será verdad lo que parece? ¿Será verdad que ella lo ama, aunque sepa, finalmente, que él es tan sólo un mendigo, un joven sin oficio y sin futuro? A mi se me llenan siempre los ojos de lágrimas y recuerdo la primera vez que vi la peli, en aquel cine de barrio, o las veces que la he visto solo en casa o con mi hija. Entiendo que en mi alma hay algo roto y que por eso sigo llorando como un tonto cada vez que vuelvo a verla. Lo entiendo y lo valoro, pero no hay por qué exagerar. No estoy loco y no es necesario destacar lo evidente. Sé muy bien que lo que pasa en la pantalla es tan sólo una ficción. Sin embargo también sé que mis lágrimas provienen más de los méritos de la película que del carácter enfermizo de mi sensibilidad. Es más, creo que no costaría mucho demostrarlo. Sería muy fácil. Bastaría que tú mismo te grabases todo el filme y que luego lo contemplases de corrido, para fijarte al final en los rostros de los dos enamorados mientras se oye la violetera. Si en el curso de la escena en que concluye esta historia te emocionas como yo, es que yo tengo razón. Si es así, hazme un favor. Te lo pido de verdad: Acuérdate. Con el tiempo las verdades pierden fuerza y es preciso dar el paso en el momento: No te olvides de contármelo al instante. Por favor, escríbeme.

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