relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Una Venus sin brazos

Venus de Milo. 130-100 aC. Mármol.211cm. Mº Louvre
Existe una vieja historia que cuenta por qué la Venus de Milo no tuvo jamás brazos. Dicen que su autor, una especie de Pigmalión en la época helenística, se enamoró de su estatua a medida que trabajaba en ella. Un día, cuando a Afrodita tan sólo le faltaban los dos brazos para darse por finalizada, sus plegarias hicieron mella en el mármol que se transformó en blanda carne. Dicen que el escultor se colgó de un pezón de la diosa con tal pasión y acierto que la diosa respondió abrazándole con la fuerza inmisericorde de la piedra. De resultas de un amor tan violento, el artista murió ahogado por el único muñón de Venus y la obra quedó inconclusa.
Otra historia justifica la doble amputación por el temor de los hombres, y es que existe una leyenda que explica que, cuando la mano de la Venus señalaba a un varón, éste se enamoraba de ella sin que nada se pudiera hacer para evitarlo. Según otros, la razón estaba asociada al odio de las perdedoras, Atenea y Hera, en el Juicio de París. Dicen que ambas, avergonzadas, usaron de su poder para ocultar su derrota, por eso, desde entonces, buscaron y escondieron el signo de ésta, la manzana de oro, que era el premio que había obtenido Afrodita-Venus en el mítico concurso de belleza. De ahí se derivaría la pérdida de la mano o del brazo que la sostenía.
Sin embargo, estas historias múltiples no han sido motivo suficiente como para que haya muchas otras Venus mancas, lo que viene a decir que cada una de las hipótesis anteriores no son más que cuentos verosímiles, como los que yo practico aquí, para explicar la configuración de lo visible. Además, estas historias reflejan la importancia de esta Venus, que es la Venus de las Venus, el símbolo más refulgente del arte griego antiguo, por su rostro ensimismado y sereno en un cuerpo canónico, y por el dinamismo sensible de su helenismo, en el que el erotismo sugerente del desnudo juega a desvelar el vientre y el arranque del trasero de la diosa sobre los paños mojados que caen sobre sus piernas.
Venus de Milo. 130-100 aC. 211cm. Mº Louvre
Más allá de lo que sugieren estos cuentos, lo único que sabemos en realidad es una historia en la que resulta francamente difícil separar la verdad de la leyenda. No sabemos nada de su autor ni de la función de la obra, solo sabemos que un campesino, llamado Yorgos Kendrotás, hacia 1819-20, la encontró enterrada en el suelo y partida en dos cachos, y que desenterró una parte para ofrecérsela a los turcos y a un intermediario francés. Los franceses consiguieron hacerse con ella en un momento histórico, el de la Restauración, en el que los postulados optimistas y racionalistas del neoclasicismo convivían con los pesimistas y revolucionarios cantos políticos de los románticos. Es difícil asegurar, como hacen algunos, que los brazos se quedaron enterrados en la isla de Melos o Milo (como argumentan los que recuerdan la demanda de Turquía ante el Ministerio de cultura francés, dirigido por Malraux, en 1960 para conseguir su devolución) o hundidos en el fondo del Egeo, (si atendemos a los que nos cuentan el arriesgado viaje de salida de Melos de la Venus en el que hubo persecución y abordaje). Sabemos, eso sí, que en París se restaura antes de que Luis XVIII la contemple y antes de instalarse en el Louvre. La instalación es un acierto porque resalta esa preocupación del autor por diferenciar las texturas pulidas y blandas del cuerpo de los pliegues salientes de paños mojados y muestra el movimiento controlado helicoidal que nace de su pierna elevada y acaba en el rostro sereno de la diosa. Sin embargo nadie nos cuenta nada sobre la posibilidad de haberla puesto brazos. Esto, que hoy sería una barbaridad, entonces hubiera sido normal, la restauración natural ante una escultura incompleta y desconocida. Si recordamos cómo Miguel Ángel aconseja disponer el brazo que faltaba al Laoconte (ese brazo que no hace mucho que se recuperó en un anticuario) o que la Victoria de Samotracia, pocos años después (1864-1884), incluye la adición de un ala simétrica a la que había llegado de Grecia, entenderemos que algo desconocido les detuvo. Ese algo que dejó mancas a la Venus y a la Victoria fue, tal vez, esa fuerza que destaca sus respectivos movimientos firmes y seguros hacia delante. Esa fuerza que es común al estilo dinámico y confiado de las bellas maniquís de las pasarelas de la alta costura. Esa fuerza sin nombre y sin fecha que tiene ya casi dos siglos de permanencia en París y que nos ha hecho acostumbrarnos de tal forma a la evidente falta de miembros superiores que a muchos nos costaría entender la lógica de la compasión que sienten algunos niños al verla.
-Papá- me preguntó mi hijita- ¿por qué esa mujer no tiene brazos?

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