relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Vagón de tercera


Vagón de tercera: Honoré Daumier. 1862. Óleo sobre lienzo. 65,5 por 90 cm. Metropolitan Museum of New York. 
Mientras los románticos Delacroix, Espronceda y Larra fueron liberales, los pintores y escritores realistas fueron sobre todo socialistas. En el realismo había que mostrar una realidad muy relevante, la realidad social. La apariencia, el comportamiento y la función social de cada cual: Los campesinos rezando el ángelus de Millet, el taller del pintor Courbet o los ciudadanos anónimos de Daumier.
El ángelus: Millet. Museo del Louvre.1857-59
Daumier era periodista en París en la época del Segundo Imperio, tras la revolución del 48, cuando el proletariado emprende un camino político independiente, al margen del liberalismo. Él hacía caricaturas y bocetos de la gentes de las calles de las ciudades de la industrialización de mediados del siglo XIX y los publicaba en los periódicos. Después pintaba sus dibujos con acuarelas y, algunos, como éste, los trasladaba luego a lienzo, tras componer esa cuadricula, que aún se aprecia. En sus obras queda clara su mirada tierna y compasiva. Los pobres sin nombre comparten espacio en sus cuadros, sin quejarse. Se los ve cansados, dignos, esforzándose por ser y por supervivir, asumiendo los colores que añade Daumier a su dibujo, para representar al mismo proletariado que Marx está convocando para hacer la revolución social.
En el vagón de tercera, el tren está lleno de humanidad. Delante, Una anciana con una cesta de comida y una madre joven con su bebé en brazos. Las tres edades de la vida moviéndose al mismo tiempo en el asiento vulgar. La mujer joven mira a su hijo y piensa. La anciana, aunque mira hacia adelante, tiene un gesto nostálgico. A su lado, un niño dormido parece que está agotado por la larga jornada laboral y sueña un futuro en rojo. El niño ya es un trabajador. Ninguna idealización. Toda la fealdad en los rostros. Detrás hombres y mujeres como abriéndose a la penumbra del fondo. Aunque algunos con chistera parecen pequeño burgueses o empleados, la mayor parte son obreros, especialmente las mujeres con pañuelo. Apenas se habla en el vagón. Desconfían, a pesar de que aún no ha caído la noche y el vagón está bien iluminado. Es el reino de la colectividad anónima, el espacio de la indiferencia. El nuevo mundo es así de inhumano. Los hombres se hacinan como cosas y no eligen su compañía. Se sientan al lado de otros, se yuxtaponen, se miran pero no se dicen nada...
Mientras Millet nos enseña el horizonte y la verticalidad de la iglesia del fondo, que establece un nexo entre el cielo y la tierra, Daumier no nos da ninguna esperanza. Frente a la espiritualidad rural y tradicional de Millet, la radicalidad revolucionaria y urbana de Daumier. Un mundo cerrado con vidas múltiples que se unen circunstancialmente en un vagón de tercera.

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